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martes, 29 de mayo de 2012

“Misión espacial al asteroide del General”, Fabián C. Casas


“Misión espacial al asteroide del General”, Fabián C. Casas

El primer día del año 1998 amaneció gloriosamente despejado. Desde su casa de la calle 17, el subsecretario de Ciencia y Técnica de la Municipalidad de Berazategui, el doctor Juan Otto, se dijo que ese sería, en fin, otro día peronista. Se le ocurrió que el año empezaba bien. Tal vez 1998 sería el año peronista que todos soñaban. Contento como estaba, decidió conectarse a Internet para ver qué se decía en los círculos científicos sobre el clima venidero. Enchufó el módem, abrió el Netscape y se puso a esperar que cargara la página del Yahoo. Entre los resultados de su búsqueda climática, por capricho del buscador, obtuvo un enlace muy interesante hacia el sitio de efemérides astronáuticas que publicaba la revista digital argentina “Axxón”, especializada en ciencia ficción. Y allí, en medio de los ocultamientos y conjunciones, bien situado en medio de noviembre, estaba el notición del año: el asteroide 8230, “Perón”, completaría en noviembre su mejor aproximación a la Tierra en miles de años. La primera sorpresa para el Intendente fue que el General tuviera un asteroide, la segunda fue que nadie más lo supiera. “¿Vos estás seguro, Juancito?”, preguntó. “Lo dice Internet”, juró el subsecretario. Los acontecimientos se sucedieron en forma vertiginosa. Una semana después, se convocó una reunión secreta del gabinete municipal y los ediles justicialistas. La mayoría tuvo que suspender sus vacaciones en la costa para regresar ese martes de enero a la ciudad castigada por el calor insoportable del estío. Se reunieron a la noche, en el Salón de Ceremonial del segundo piso. Allí, el querido Intendente se dirigió a sus seguidores. “Compañeros, amigos míos: el asteroide Juan Domingo Perón a fin de año pasará cerca de nuestro planeta. Vamos a mandar a ese planetoide una nave espacial y pondremos en su superficie inmaculada una placa recordatoria en homenaje al líder. Elegimos hacer esto no porque sea fácil o porque nos venga bien, sino por todo lo contrario, porque es un desafío a nuestro genio y voluntad. Antes de que termine este año, pondremos el nombre de Berazategui, de esta comunidad y de su Intendente en ese asteroide. La lista de quienes quieran acompañarme se grabará en metal y brillará por toda la eternidad, ya que en el espacio no hay óxido.”

Lo que sucedió a continuación de los diez segundos de asombrado silencio fue un ciclón de ideas y movimientos que se tranquilizó recién hacia mediados de julio de ese año. Para ese entonces, la maquinaria del poder oculto pero imparable del municipio de Berazategui, capital nacional del vidrio, ya había logrado asegurar la misión espacial destinada a conmover a todo el movimiento justicialista y al mundo. Todo se hizo a pulmón y con el trabajo desinteresado de decenas de voluntarios quienes, guardando el más absoluto secreto, movieron influencias, pagaron sobornos y hasta amenazaron para lograr el objetivo. El resultado fue que la Universidad Tecnológica Nacional grabó la placa y adaptó el impulsor del cohete que la llevaría al asteroide 8230 en una trayectoria cuidadosamente planeada por un astrónomo orbital paraguayo que le debía unos pesos al cuñado del Intendente. Un ingeniero de la compañía Limpsat había logrado sabotear el software de la misión para desviar el satélite, que lanzarían en octubre, para que adoptara los elementos orbitales necesarios para el lanzamiento de la sonda, utilizando como plataforma el mismo satélite. Incluso un técnico de la NASA, egresado del Politécnico, prometió que haría una reorientación del telescopio orbital para registrar el momento del impacto de la sonda. Los esfuerzos se sumaron de todos lados y, finalmente, se llegó a un plan de misión secretísimo y originalmente prometedor. Algún rumor se filtró, porque el Palacio Municipal fue asaltado furtivamente en dos ocasiones, las cuales quedaron registradas oficialmente como “intento de robo”; aunque todos sospecharon de la impotente mano de la CIA que desesperaba por encontrar datos sobre la misión espacial secreta del municipio. Finalmente se llevó a cabo el lanzamiento, presenciado por las autoridades municipales en la Guyana Francesa, aunque los trece funcionarios, incluyendo a Corina Freites, la secretaria privada, tuvieron que disfrazarse de nativos para no levantar sospechas ante las autoridades del centro de lanzamiento, ubicado en medio de la selva ecuatorial. En teoría se estaba poniendo en órbita un satélite de comunicaciones privado, pero no bien se separó del impulsor principal el cohete Ariane, el vehículo experimentó una anormalidad que en tierra se interpretó como un mal posicionamiento sin remedio alguno que llevaba a la nave en una órbita excéntrica. En realidad, la misión espacial berazateguense había comenzado. El aceitado aparato de inteligencia municipal dejó entonces deslizar un falso rumor: Francia había puesto en órbita un arma secreta. El técnico de la NASA que participaba del complot prontamente informó a sus superiores oficiales que el satélite se dirigía a un asteroide. La reacción fue inmediata y las autoridades norteamericanas aceptaron reorientar el telescopio más potente de la humanidad para seguir el progreso de la difunta nave espacial anónimamente secuestrada. La misión fue todo un éxito e incluso el Intendente llegó a recibir un telefax con la fotografía del asteroide en el momento en que la sonda hace impacto, levantando una casi imperceptible nube de polvo. Se convocó a la prensa para hacer el anuncio al día siguiente, puesto que el mundo, pero en particular cada vecino de Berazategui, merecía conocer la proeza científica y técnica de un municipio que podría parecer al ojo desprevenido una ciudad más del conurbano bonaerense, pero que en realidad era la cuna de una nueva humanidad, noble, cristiana, pero sólidamente científica y sobre todo, justicialista.

Juan Otto estuvo inicialmente de acuerdo y se mostró entusiasmado, pero al día siguiente era otra persona. Algo durante la noche o la madrugada le había cambiado el ánimo por completo: llegó apresuradamente para detener el anuncio con el argumento de que Limpsat podría hacer juicio por su satélite perdido y el municipio no podría afrontar la indemnización. Nadie le quería hacer caso, pero el subsecretario fue tan persuasivo que, finalmente, se decidió mantener todo en secreto hasta que en un futuro el supuesto crimen proscribiera. El Intendente se contentó con la foto del impacto de la sonda y la copia hecha sobre carbónico de la placa recordatoria que ahora adornaba la superficie del asteroide del General. Quienes lo han visitado en su despacho juran que las conserva en una vitrina, sobre terciopelo azul. Los envidiosos de la vecina ciudad de Quilmes han lanzado últimamente una falsa cadena de email, diciendo que el asteroide 8230 en realidad se llama Peroná, con tilde en la “á”, en honor a un personaje del carnaval veneciano, y que la computadora del Dr. Otto, quien presumía de moderno porque navegaba por Internet, carecía de una placa gráfica adecuada y por eso no mostraba las vocales con tilde, dando lugar al equívoco que llevó a Berazategui al espacio. Nadie le dijo nunca nada al Intendente de esa versión poco probable. Cierto o no, ningún asteroide, que al fin y al cabo así como vienen se van, logrará eclipsar el brillo de los triunfos astronáuticos del pueblo.
Berazategui, a diferencia de otras superpotencias del globo, aún no ha clausurado su incipiente carrera espacial.
Que sirva de ejemplo
http://axxon.com.ar/rev/2011/01/mision-espacial-al-asteroide-del-general-fabian-c-casas/

martes, 28 de febrero de 2012

"Plebster y Orsi, del planeta Procyon". Roberto Fontanarrosa

Plebster estaba mirando por la ventanilla frontal de la nave el paso oscilante de los meteoritos. Como todos los dermolinfomas del planeta Procyon, el pequeño Plebster experimentaba una inusual melancolía a la vista de aquellos inmensos pedazos de roca que surcaban el espacio ya que le recordaban a Vendelinus, la segunda luna de Procyon, estallada tempranamente. Esa melancolía no llegaba a ser tristeza, pues la tristeza, en su planeta, era un líquido.
    Más allá, abstraído en la conducción de la nave, se hallaba Orsi, su compañero de vuelo. Orsi era extrañamente inquieto para ser un nativo de Procyon y hallaba interés aún en las cosas más mundanas y rutinarias del espacio. Plebster, en cambio, acusaba ya el cansancio de la larga misión que les fuera asignada y su leve piel casi translúcida había comenzado a tomar el tinte ceniciento del hastío. No deseaba otra cosa que volver a la exultante atmósfera de Procyon y reunirse con Enif.
    -- Oye, Plebster --dijo Orsi, de pronto--. Hemos tenido que desviarnos bastante de la ruta.
    Plebster no le contestó. Empezaba a molestarle, incluso, el acento apagado de la voz de su compañero.
    -- Pero es que aún subsiste la lluvia de meteoros --explicó Orsi.
    -- Apenas termine, regresamos a nuestra elipse --bufó Plebster.
    -- No es eso. No es eso lo que quería decirte. Ocurre que nuestro desvío nos ha llevado al área de influencia de un planeta muerto, el viejo Maurolycus.
    Plebster volvió a resoplar y la expulsión del aire hizo que su cobertura dérmica se arrugara con leves crujidos. El imbécil de Orsi había encontrado un nuevo motivo de curiosidad para su espirítu simple. Tiempo atrás había perseguido durante seis días la cola de un cometa, subyugado por el destello cambiante de la luz solar sobre las partículas en suspenso.
    -- No sé si recuerdas --continuó Orsi-- que Maurolycus era un planeta habitado. Y que sus habitantes lo llamaban "Tierra". ¿Recuerdas?
    Plebster aprobó con la bamboleante cabeza experimentando el consabido hormiguero en su zona motriz. La memoria era una función fisiológica en los naturales de Procyon, que se incentivaba con la inmovilidad.
    -- Decía mi padre --continuó Orsi, entusiasmado-- que la atmósfera de la Tierra debió haber sido bastante similar a la nuestra. Y, por lo tanto, sus habitantes parecidos a nosotros.
    -- No sigas, Orsi. Ya sé adonde quieres llegar.
    -- Te explico, solamente.
    -- No, lo que tu quieres es bajar en ese puto planeta.
    Orsi se mantuvo uno instantes en silencio. Le molestaba grandemente cuando Plebster hacía uso de malas palabras. Plebster lo sabía y abundaba en ellas cuando deseaba incomodar a Orsi.
    -- Te explico, solamente --repitió.
    -- Te conozco, Orsi. Se te ha metido esa insana idea en tu centro de reflexiones y no habrá poder en el universo que te la quite.
    Orsi no contestó, pero, como corroborando lo dicho antes por Plebster, buscó algo frenéticamente en la consola de informes. Tomó entonces uno de los compendios de conocimiento y lo introdujo en la memoria de la pantalla.
    Pronto, una sucesión de caracteres pobló el recuadro luminoso.
    -- Mira, Plebster --anunció--. Algo raro ocurrió, luego, en ese planeta. Combatieron entre ellos mismos. Se elevó una enorme nube de polvo que lo cubrió todo y ya fue imposible observarlo desde afuera...
    -- Se cansaron, Orsi. Se cansaron de que los espiáramos --gruñó Plebster.
    -- No. Nada de eso. Fue una guerra total. No quedó nada vivo...
    -- Se cansaron de que criaturas como tú se la pasaran espiando qué era lo que ellos hacían o dejaban de hacer...
    -- Dos sensores que enviamos hace mucho tiempo no detectaron ni actividad humana ni vegetación. Solo desiertos arrasados y secos.
    -- Se hartaron de tipos como tú y su puta curiosidad.
    Otra vez aquella fea palabra, absolutamente prohibida en el ámbito de Procyon, pero tolerada en el espacio abierto, en las naves expedicionarias, en los navegantes. Orsi procuró dominarse.
    -- Pero... mira lo que dice acá... --señaló la pantalla--. Hay versiones que sostienen que pueden haber quedado terráqueos vivos en refugios subterráneos, blindados, preparados para soportar una guerra nuclear... ¿No sería eso maravilloso?
    -- Oh, Orsi --gruñó Plebster--. No jodas.
    -- ¡Vamos allí a comprobarlo, Plebster!
    Plebster lo miró largamente. Sabía que era totalmente inútil luchar. Orsi no poseía la clásica indolencia de los dermolinfomas y toda iniciativa se enraizaba en él como una planta trepadora.
    -- Oye Orsi. Quiero volver a casa.
    -- Y volveremos, Plebster, ¿quién dice que no? --Orsi ya habia tomado aquella plañidera petición de su compañero como una afirmativa y manipulaba ahora los mandos con velocidad y precisión--. Será sólo una visita. ¿No tienes interés por conocer la Tierra?
    Plebster volvió a observar, silencioso, el paso raudo de los meteoritos. Sus mayores, mucho tiempo atrás, cuando aún existía Vendelinus, le habían hablado de aquel planeta cubierto de agua. Meme Plebster Jacobi, incluso, le había descripto un terráqueo con el que había mantenido relación, al comienzo de los tiempos, en una luna de Mercurio.
    -- Dicen que los terráqueos no serían demansiado diferentes a nosotros --exclamó Orsi, excitado, como si le estuviese leyendo el pensamiento.
    -- No tengo ningún interés en encontrarme con seres parecidos a tí.
    -- Será rápido, Plebster. Si no los hallamos enseguida, subimos de nuevo a la nave y regresamos a casa.
    -- Me tienes harto, Orsi.
    -- Ya verás. Mira... comienza a cambiar el entorno.
    Plebster lo había percibido. El espacio, por los visores de la nave, se observaba más azul y mórbido y casi habían desaparecido los meteoritos.
"De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro"
Roberto Fontanarrosa 
    Las redondeadas extremidades inferiores, aptas para insertarse en la poceada superficie de Procyon no eran, sin embargo, las ideales para desplazarse sobre la corteza terrestre. Con la torpeza propia de los forasteros, Orsi y Plebster se movían en aquel terreno, explorando las adyacencias de la nave. Todo era desolación. En la bruñida transparencia de sus escafandras rebotaban apenas los débiles rayos del sol que acertaban a pasar entre las densas nubes de polvo. Cada tanto, ráfagas de viento levantaban toneladas de cenizas, pedregullos y residuos metálicos que castigaban a los dos investigadores espaciales. El paisaje era gris y achatado.
    -- Buena idea la tuya --dijo Plebster, dejando de caminar. Orsi no contestó. Se hab´ía parado sobre uno de los tantos montículos de rocas y giraba su cabezota con expresión de desencanto.
    -- Busquemos un poco más --dijo al fin--. Es lógico que si estaban refugiados bajo tierra no podríamos verlos a simple vista.
    -- Nos llevaría una eternidad hallarlos. Por otra parte, no olvides que el compendio de conocimientos decía que también solían detectarse explosiones nucleares subterráneas...
    -- Algunas de sus tribus estaban muy preparadas para subsistir, Plebster. Habían esperado esa guerra por siglos. Tenían de todo allí abajo.
    Plebster empezó a caminar hacia la nave. El peso de su ropaje aislante comenzaba a fatigarlo.
    -- Han pasado ya cientos de años de aquella guerra --gritó, sin darse vuelta--. Por mejor preparados que estuvieran, ya hubiesen muerto de hambre o por las enfermedades. No jodas, Orsi.
    -- Espera. Espera un poco, Plebster --Orsi depositó todo el peso de su cuerpo sobre una suerte de viga que asomaba del suelo--. Me fatigo. Esto no es Procyon.
    -- Te fatigas, ¿eh? ¿No se te ocurre alguna otra buena idea como ésta? Con la de Petavium ya son dos.
    En el segmento más abierto de la elipse programada, Orsi había insinuado descender en la estrella Petavium, argumentando que allí había mica. Pero la pulposa Pentavium estaba podrida. Atravesado el interior de su masa por infinito canales que conducían jugos minerales, el desmedido calor del sol la había hecho entrar en putrefacción y el olor que despedía la macilenta estrella era insoportable. Una semana tuvo que estar luego Plebster, aspirando aroma de cristales de sal para restablecer el funcionamento de sus papilas.
    -- Ya voy, Plebster. Aguarda un poco --pidió Orsi. Plebster giró y regresó a ayudar a su compañero.
    -- Vamos --dijo, sosteniéndolo por debajo del primer par de extremidades superiores. De pronto Plebster advirtió que el cuerpo de Orsi se envaraba. -- ¿Qué pasa? --preguntó.
    Los dos sensores ópticos de Orsi se habían fruncido, atentos, y meneaba espasmódicamente la cabeza, como buscando.
    -- ¿Qué pasa? --se alarmó Plebster, girando a su vez la suya. Habían dejado las armas en la nave y tanto la valentía como la cobardía eran condiciones desconocidas en Procyon. Es más, la audacia consistía en una fruta pequeña, agridulce, que brotaba en la estación del fostato.
    -- ¿Oyes eso? --preguntó Orsi.
    -- ¿Qué?
    -- Escucha bien.
    Orsi tenía razon. En el aire se diluía una especie de música, una melodía que llegaba y se marchaba con la brisa.
    -- ¡Música! --se exaltó Orsi--. ơEs música!
    -- Es solo el viento, Orsi.
    -- ¡Es música! --Orsi se desembarazó de las extremidades superiores de Plebster y giró sobre sí mismo varias veces, como una antena, deslumbrado por la recepción de aquel idioma universal. Ahora la melodía llegaba más nítida, con cadencias extrañas y desconocidas para la percepción de los dos expedicionarios.
    -- ¿De dónde viene? --se sumó Plebster a la inquietud.
    -- No sé si es una música fuerte que nos llega desde lejos... o es una música muy débil que se origina muy cerca de nosotros --dudó Orsi, lo que preocupó a Plebster, ya que la duda antecedía a la constipación bronquial en los dermolinfomas.
    -- ¿Cerca de nosotros? --dijo Plebster, abarcando con sus organos ópticos los alrededores inmediatos.
    -- ¡Aquí! ơAquí! --dijeron los dos, casi al unísono, aferrando un oxidado tubo metálico que sobresalía entre un montículo de escombros--. ¡La música viene por este tubo!
    Orsi apretó la escafandra sobre la boca del tubo, procurando escuchar mejor. En tanto, Plebster, se había sentido inopinadamente melancólico, como algunas veces en que escuchaba historias relatadas por Meme Plebster Jacobi. Pero Orsi no le dio tiempo para bucear en sus sentimientos.
    -- ¡Cavemos! ơCavemos por acá, Plebster! --gritó, escarbando con su bastón de titanio entre los escombros--. ¡Esta música nos llega desde abajo! ¡De alguno de esos refugios que mencioné antes, Plebster!
    Plebster olvidó por un momento su indolencia, su desinterés, y sus ganas de volver a casa, y con un trozo de chapa ennegrecida comenzó tambien a apartar rocas y cascotes. Poco después, y ante la febril atención de ambos investigadores, una superficie de madera se hizo visible ante ellos. Continuaron removiendo con más ahínco y apareció entonces una puerta, de doble hoja, prácticamente horizontal, que cubría una boca de acceso. Plebster y Orsi se miraron. La puerta mostraba una superficie descascarada, aún con restos de pintura y por las junturas de su madera llegaba, ahora sí, claramente, la cadencia de la extraña música.
    -- ¿Vamos por las armas? --vaciló Orsi. Plebster encogió el ensamblamiento de sus extremidades superiores, las prensiles.
    -- ¿Te parece?
    -- Yo digo...
    -- No creo --dijo Plebster, decidido, y se lanzó sobre la puerta, la que abrió de un tirón. Una bocanada melódica los envolvió y, luego, también una serie de sonidos breves, como módicos estallidos, desacompasados. Después, el silencio. Plebster y Orsi se miraron. Tal vez habían sido descubiertos y ahora, al fondo de ese túnel oscuro y profundo que se habría ante ellos, los aguardaba el temor agresivo de los nativos. Con infinita cautela, Orsi adelantó uno de sus miembros locomotores y lo depositó sobre el primer peldaño de la escalera descendente. De pronto volvió la musica, y esto tranquilizó a ambos dermolinfomas, que cerraron la puerta detrás de ellos, sin hacer ruido. Por un momento quedaron sumidos en un una oscuridad absoluta, pero pronto advirtieron que, muy abajo y al fondo se veía una luz. Una luz rojiza. Ganados por la ansiedad, Plebster y Orsi continuaron el descenso. Un par de veces se detuvieron ante el eco de aquellos extraños sonidos inarmónicos, cortos golpes de superficies ahuecadas, que les llegaban desde el fondo. Por último se detuvieron ante una abertura cubierta por un cortinado de tela que, al tacto de Orsi, se reveló como levemente afelpado y de cierto peso. Ya se escuchaba, con más nitidez, una voz humana metálica y altisonante. Orsi corrió la cortina y ambos visitantes se hallaron ante un recinto poco iluminado. Una veintena de seres humanos se encontraban diseminados en pequeñas mesas redondas, distribuidas en torno de una tarima de madera. Los humanos eran, al menos, de dos sexos diferentes, calculó Plebster. Bebían extraños tragos, hablaban poco entre ellos y no parecían demasiado jóvenes. Sobre la tarima, un terráqueo con la cabeza cubierta por un cabello oscuro y engrasado, de pie frente a un adminículo de metal que ampliaba el sonido de su voz, los observó de una ojeada. También hicieron lo propio otros nativos de los que estaban sentados.
    -- ¡Y sigue llegando gente a nuestra Peña Tanguera "El Sótano del Dos por Cuatro", mis queridos amigos! --anunció el terráqueo del cabello lustroso--. ¡Y es porque vienen a escuchar a Angelito Delfino, "El Ruiseñor de Floresta", que ahora nos va a regalar, de Esteban Celedonio Flores y Ciriaco Ortiz, "Atenti Pebeta"!
    Los humanos de las mesas golpetearon unas contra otras sus extremidades superiores y allí supo Orsi que, de esa actitud impensada, provenían los breves estallidos que habían oido en la escalera.
    -- ¡Y esta canción, señores --continuó el anunciador-- es para los nuevos amigos de la noche de Buenos Aires...! --y luego, dirigiéndose a Plebster y Orsi, preguntó-- ¿De dónde son, muchachos?
    -- De Procyon --gritó Orsi, complacido.
    -- ¡Para los amigos de Procyon, entonces... Angelito Delfino, "El Ruiseñor de Floresta" y "Atenti Pebeta", de Flores y Ciriaco Ortiz!
    Hubo nuevos aplausos. Dichos gestos eran, al parecer, de aprobación, ya que un humano rechoncho y bajito que acababa de subir a la tarima, agradecía con leves reverencias y sonrisas. El humano que había hecho la presentación en la tarima caminó entre las mesas, con aire cansado, hasta Plebster y Orsi. Estos, para no sentirse demasiado ajenos al ambiente, se habían depositado sobre sendas sillas, en una mesa vacía. Dos terráqueos, con la misma expresión desmayada y ausente que los demás, comenzaron a extraer de sus instrumentos una música arrastrada y sinuosa. El humano regordete y oscuro de arriba de la tarima comenzó con lo suyo.
    -- "Cuando estés en la vereda y te fiche un bacanazo, vos hacete la chitrula y no te le deschavés, que no manye que estás lista al primer tiro de lazo y que por un par de lompas bien planchados, te perdés..."
    El terráqueo que oficiaba de anunciador llegó hasta la mesa de Plebster y Orsi. Se inclinó hacia ellos y los observó por un instante. Plebster detectó, con la particular sensibilidad que los dermolinfomas tienen para los matices, que el cabello del humano, en la parte superior de la cabeza, mostraba una coloración diferente de la que lucía sobre los costados. Se veía más rojizo y rebelde que el resto. Aquella misma anomalía había detectado también en varios de los presentes, pese a la luz escasa y al humo que invadía el local.
    -- ¿Qué van a tomar, muchachos? --preguntó el anfitrión.
    -- Ehhh... --vaciló Orsi--. Antes queríamos hacerle una pregunta.
    -- No se preocupen --desestimó el anunciador. Y bajando la voz, agregó-- No se preocupen por el precio. La casa invita.
    -- No, no --dijo Orsi--. Queríamos preguntarle otra cosa... ¿Cómo hicieron para sobrevivir?
    El humano enarcó las cejas y se tomó un instante para contestar.
    -- "Cuando vengas para el centro" --seguía el cantor-- "caminá junando el suelo, arrastrando los fanguyos y arrimada a la pared".
    -- ¿Cómo hicimos para sobrevivir? --repitió, teatral, el anunciador--. Bajando los precios, hermano. Cuidando la clientela y ofreciendo calidad. No hay otra. De lo contrario, hubiéramos tenido que cerrar...
    -- Pero... digo yo... --vaciló Orsi--. ¿Cómo pudieron sobrellevar la gran tragedia?
    El anunciador había apoyado las dos manos sobre la mesa y sus ojos se cubrieron con una pátina húmeda.
    -- Fue tremendo... Tremendo... Lo de Medellín fue tremendo... Pero hay que seguir adelante, hermano. No queda otra. Por el zorzal mismo. Yo sé que Carlitos no hubiese querido que aflojáramos...
    Plebster miró al hombre y vió que una milimétrica esfera de líquido se desprendía de uno de sus ojos. Recordó que en Procyon, la tristeza era un líquido. Y el recuerdo de su planeta, y la música aquella que escapaba de un extraño instrumento que parecía respirar, lo hizo sentirse invadido por una pegajosa nostalgia.
    -- ¿Vamos Orsi? --preguntó.
    -- Espera. Espera a que termine esto --dijo Orsi mostrando una copa translúcida llena de un líquido rojizo que le había traido el anunciador. Se quedaron un poco más y cuando terminaron de beber se levantaron y se marcharon hacia la puerta. Con un bamboleo de sus cabezas se despidieron del anunciador, que estaba sentado a otra mesa, cerca de la tarima. El anunciador levantó una mano y deletreó en el aire "Chau, querido. Vuelvan cuando quieran". Plebster y Orsi salieron a la superficie y se encaminaron hacia la nave. Por un rato los siguió la música y la voz del cantor bajo y regordete.
    -- "Tomá leche con vainilla y chocolate con churro, aunque estés en el momento propiamente del vermut..."