martes, 29 de mayo de 2012

“EL INTRUSO”, H. P. Lovecraft


 “EL INTRUSO”
H. P. Lovecraft


Esa noche el barón soñó multitud de desdichas,
Y todos sus guerreros invitados, por sombras y formas,
Por brujas y demonios y grandes gusanos de sepultura,
Se vieron en pesadillas atormentados.
KEATS

            Desdichado aquel a quien los recuerdos de infancia no traen sino miedo y tristeza. Mísero del que vuelve la vista para reencontrar horas solitarias en grandes y tétricas estancias de parduscas colgaduras y enloquecedoras hileras de viejos libros, o rememorar espantadas esperas en umbrías alamedas de árboles grotescos, gigantescos, cubiertos de plantas trepadoras, agitando en silencio sus ramas hacia lo alto. Tal es lo que los dioses me otorgaron... a mí, el turbado, el decepcionado, el yermo, el quebrantado. Y no obstante me siento extrañamente contento y me aferro con desesperación a esos marchitos recuerdos cuando mi mente amenaza por momentos con llegar más allá, al otro.
            Nada sé de mi nacimiento, excepto que el castillo era infini­tamente viejo e infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscu­ros, con elevados cielos rasos donde el ojo no encontraba sino telarañas y sombras. Las piedras de los ruinosos corredores pare­cían siempre espantosamente húmedas y por doquier flotaba un condenado hedor, como el de cadáveres apilados durante muer­tas generaciones. Nunca había luz, por lo que empleaba velas para alumbrarme y me demoraba mirándolas atentamente en busca de algún consuelo; no había sol fuera, ya que aquellos terribles árboles crecían más alto que la parte superior de la torre accesible. Había una torre negra que descollaba sobre los árboles hasta el desconocido cielo exterior, pero se hallaba parcialmente en ruinas y no podía llegarse a ella sino a través de un casi impo­sible ascenso por la pared vertical, piedra a piedra.
            Debo haber vivido años en ese lugar, pero no soy capaz de precisar cuánto. Alguien debió atender mis necesidades, aunque no puedo recordar a nadie que no sea yo mismo, ni nada vivo aparte de las sigilosas ratas y los murciélagos y las arañas. Creo que, quien fuera el que me cuidó, se trataba de alguien terrible­mente anciano, pues la primera imagen que tengo de una per­sona viva es la de alguien semejante a una caricatura de mí mismo, aunque tan deforme, marchito y decadente como el cas­tillo. A mi entender, no había nada grotesco en los huesos y esqueletos que colmaban algunas de las criptas de piedra en los subterráneos. Yo asociaba tales cosas de una forma fantástica con los sucesos cotidianos, y los veía más naturales que las imágenes coloreadas de seres vivos que descubrí en muchos de los moho­sos libros. Todo cuanto sé lo aprendí en esos libros. Ningún maestro me azuzo ni me condujo, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años una voz humana... ni siquiera la mía, pues aunque había leído sobre la conversación, nunca intenté hablar en voz alta. Mi apariencia física me resultaba igualmente desconocida, ya que no había espejos en el castillo, y yo sencilla­mente me creía, de forma instintiva, parecido a las juveniles figuras que veía dibujadas y pintadas en los libros. Estaba con­vencido de ser joven debido a los pocos recuerdos que guardaba.
            Fuera, cruzando el foso putrefacto, me tendía a veces bajo los árboles oscuros y silenciosos y soñaba por espacio de horas con lo leído en los libros, y me imaginaba anhelante entre ale­gres multitudes, en el mundo iluminado por el sol que se encontraba más allá de la fronda interminable. Una vez intenté escapar del bosque, pero conforme me alejaba del castillo las sombras iban haciéndose más oscuras y el miedo se colmaba de un espanto acechante; así que volví corriendo frenético antes de perderme en un laberinto de silencio nocturno.
            Así que yo soñaba, esperando entre interminables crepúscu­los, aunque no sabía el qué. Luego, en mi sombría soledad, el ansia de luz se volvió tan frenético que no pude aguardar más, y alcé suplicante las manos hacia la solitaria torre negra en ruinas que se remontaba sobre el bosque hacia el ignoto cielo exterior. Y al fin me decidí a escalar esa torre, aun a riesgo de caer, ya que prefería vislumbrar el cielo y morir que vivir sin contemplar jamás la luz del día.
            En el húmedo crepúsculo ascendí por la vetusta y destarta­lada escalera hasta llegar al punto en que cesaban, y de ahí en adelante me aferré en precario a pequeños asideros que llevaban arriba. Aquel cilindro de piedra sin escaleras resultaba espectral y terrible; negro, ruinoso y desolado, más siniestro aún por culpa de los murciélagos sobresaltados cuyas alas no despertaban sonido. Pero todavía más espectral y terrible resultaba la lentitud del avance ya que, por mucho que subiera, la oscuridad sobre mi cabeza no menguaba, y sentí un nuevo estremecimiento, como si me encontrase en un túmulo fantasmal y venerable. Temblé pre­guntándome por qué no aparecía la luz y, de haberme atrevido, hubiera vuelto la vista abajo. Supuse que la noche me habría alcanzado repentinamente y tanteé en vano, buscando con la mano libre el alféizar de una ventana a través de la que poder mirar fuera y en torno, e intentar calcular la altura alcanzada.
            Entonces, tras una eternidad de espantoso y ciego reptar por ese precipicio cóncavo y desesperanzador, sentí que tocaba algo sólido con la cabeza, y supe que había alcanzado el techo, o al menos alguna especie de piso. Alcé la mano libre en la oscuridad y palpé el obstáculo, hallándolo pétreo e inamovible. Entonces tuvo lugar un mortífero circundar de la torre, agarrándome a cualquier asidero que pudiera ofrecerme el resbaladizo muro, hasta que al fin, tanteando con la mano, sentí ceder la barrera y pude volver a subir, empujando la losa o trampilla con la cabeza mientras utilizaba ambas manos para el temible ascenso. Arriba no apareció luz alguna y, elevando las manos, supe que mi ascenso había concluido por el momento, ya que la losa era la trampilla de una abertura que llevaba a una superficie de piedra de mayor circunferencia que la torre de abajo, sin duda el suelo de alguna estancia alta y amplia. Fui deslizándome cautelosa­mente a su través, intentando impedir que la losa volviera a caer en su hueco, pero fracasé. Mientras yacía exhausto en el suelo de piedra, escuché los fantasmales ecos de su caída, pero confié en ser capaz de volver a alzarla cuando fuera necesario.
            Suponiéndome ahora a prodigiosa altura, muy por encima de las malditas ramas del bosque, me arrastré por el suelo bus­cando con las manos las ventanas, esperando ver por primera vez el cielo y la luna y las estrellas sobre las que tanto había leído. Pero me vi defraudado en mi búsqueda, ya que todo lo que encontré fueron unos grandes estantes de mármol sosteniendo odiosas cajas ovaladas de un tamaño perturbador. Cuanto más lo pensaba, más me preguntaba sobre qué arcanos secretos podía albergar esta elevada estancia, separada durante tantos eones del castillo inferior. Entonces, inesperadamente, mis manos dieron con una puerta encastrada en un umbral de piedra, tosco y cubierto de extrañas tallas. Tanteando, la encontré cerrada, pero con un supremo esfuerzo conseguí forzarla, haciéndola abrirse hacia dentro. Al hacerlo, me alcanzó el éxtasis más puro que jamás haya conocido, ya que, brillando tranquilamente a través de una ornada cancela de hierro, más allá de un breve pasillo de piedra con escalones que subían desde el portal recién franquea­do, se encontraba la radiante luna llena, nunca antes vista sino en sueños y vagas visiones que no me atrevo a llamar recuerdos.
            Creyendo ahora haber alcanzado la cima del castillo, remonté el puñado de peldaños que partía de la puerta, pero el súbito velado de la luna por el paso de una nube me hizo trasta­billar, y me moví más despacio en la negrura. Estaba muy oscuro cuando llegué al enrejado... que probé cuidadosamente, encon­trándolo abierto; pero no lo franqueé por miedo a caer desde la tremenda altura alcanzada. Entonces volvió a salir la luna.
            El golpe más demoníaco es el procedente de lo abismal­mente inesperado y de lo grotescamente increíble. Nada de lo antes soportado podía compararse en terror con lo visto en ese instante, con los estrafalarios prodigios que tal visión implicaba. El panorama en sí mismo era tan simple como impactante, ya que se trataba sencillamente de esto: que en vez de una vertigi­nosa perspectiva de copas de árboles divisados desde gran altura, a mi alrededor se extendía, al nivel de la reja, nada menos que el suelo firme, nivelado y salpicado de losas de mármol y columnas, ensombrecido por una iglesia de piedra cuyo campanario en rui­nas resplandecía de forma espectral a la luz de la luna.
            Medio desmayado, abrí la verja y me tambaleé por el camino de grava blanca que iba en dos direcciones. Mi mente, aunque aturdida y sumida en el caos, aún guardaba una frené­tica ansia de luz, y ni siquiera el fantástico prodigio que había tenido lugar podía detener mi búsqueda. Ni siquiera sabía o me preocupaba el saber si aquello era locura, sueño o magia, pero estaba resuelto a contemplar a toda costa el resplandor y la ale­gría. No sabía quién o qué era, ni dónde me hallaba; pero al proseguir titubeando adelante me hice consciente de una especie de recuerdo espantosamente latente que implicaba que mis pasos no habían sido totalmente fortuitos. Salí de aquella zona de lápidas y columnas a través de un arco, y fui deambulando campo a traviesa, siguiendo a veces el camino, otras abandonán­dolo para cruzar curioso por praderas donde ruinas ocasionales hablaban de otro camino, ya olvidado. En cierta ocasión vadeé un torrente junto al que restos musgosos y caídos hablaban de un puente derrumbado mucho tiempo atrás.
            Debieron pasar unas dos horas antes de que llegara a lo que parecía ser mi meta, un venerable castillo cubierto de hiedra en mitad de un parque frondosamente arbolado; inquietantemente familiar y a un tiempo ajeno en una forma que me dejaba per­plejo. Vi que el foso estaba lleno y que algunas de las familiares torres estaban caídas, mientras que nuevas alas habían surgido para confundir al observador. Pero eran las ventanas abiertas lo que yo contemplaba con gran interés y delicia... gloriosamente resplandecientes de luz, dejando escapar los sones del más encantador de los festejos. Llegándome a una de ellas, me asomé y vi una concurrencia ataviada de forma extraña; se divertían y hablaban animadamente entre sí. Creo que nunca antes había oído voces humanas, y tan sólo podía conjeturar vagamente lo que se decía. Algunos rostros mostraban expresiones que desper­taban en mí recuerdos increíblemente remotos; otros me resul­taban completamente ajenos.
            Entonces, por la baja ventana, accedí a la estancia brillante­mente iluminada y, apenas hacerlo, pasé del breve instante de esperanza a la más negra convulsión de desesperanza y entendí­ miento. La pesadilla se desató instantáneamente; apenas entrar, tuvo lugar uno de los más terroríficos sucesos que jamás haya podido concebirse. No bien había cruzado el antepecho, se abatió sobre la concurrencia un repentino e inesperado espanto de la más terrible intensidad, demudando los rostros y provocando los más horribles gritos jamás surgidos de garganta alguna. La huida fue masiva, y entre gritos y pánico algunos se desvanecie­ron, siendo arrastrados por quienes escapaban enloquecidos. Muchos se cubrían los ojos con las manos y se abalanzaban cie­gamente adelante, tropezando torpemente en su fuga, volteando muebles y yendo a chocar contra los muros antes de alcanzar alguna de las numerosas puertas.
            Los gritos resultaban estremecedores, y mientras me que­daba sólo y aturdido en la brillante estancia, escuchando ecos que se desvanecían, temblé con la idea de que podía haber junto a mí algo que no hubiera visto. La habitación se mostró desierta en una somera inspección, pero al llegar a una de las alcobas creí detectar allí una presencia, un atisbo de movimiento del otro lado del arco dorado que llevaba a una habitación similar. Al aproximarme al arco comencé a distinguir con más claridad la presencia y entonces, con el primer y último sonido que haya pronunciado jamás –un alarido espectral que me sacudió casi tanto como la repugnancia despertada por el ser nocivo que lo causaba–, contemplé con espantoso detalle la monstruosidad inconcebible, indescriptible e inmencionable que, con su mera presencia, había convertido una alegre concurrencia en un hato de enloquecidos fugitivos.
            Ni siquiera me atrevo a insinuar su aspecto, ya que resultaba el compendio de todo lo sucio, estrafalario, nefasto, anormal y detestable. Era la necrótica sombra de decadencia, decrepitud y desolación; el fantasma pútrido y goteante de insalubre revela­ción. Sabe Dios que eso no pertenecía a este mundo –al menos, ya no–, aunque, para mi espanto, descubrí en sus rasgos consu­midos y sepulcrales una horrenda y obsesionante parodia de ser humano, y en su mohosa y degenerada apariencia alguna indeci­ble cualidad que me estremecía aún más.
            Me encontraba casi paralizado, aunque no tanto como para no hacer un débil intento de escapar; un traspiés atrás que no llegó a romper el hechizo en que el indescriptible, el innombra­ble monstruo me tenía preso. Mis ojos, embrujados por las vidriosas esferas que acechaban espantosamente en su interior, rehusaban cerrarse, aun cuando se hallaban piadosamente vela­dos, y, tras una primera impresión, mostraban a aquel ser terri­ble sólo de forma turbia. Traté de interponer la mano para ocul­tar la imagen, pero tan aturdidos estaban mis nervios que el brazo rehusó obedecer mi voluntad. El intento, empero, fue suficiente como para desequilibrarme, haciéndome titubear unos pasos para no caer. Al hacerlo me percaté, repentina y agó­nicamente, de la proximidad de aquel ser inmundo, cuyo sordo y odioso resollar creí oír. Casi enloquecido, fui entonces capaz de tender una mano para protegerme de la fétida aparición que tan cerca estaba y, en un cataclísmico segundo de cósmica pesa­dilla e infernal accidente, mis dedos rozaron la putrefacta zarpa que el monstruo había tendido bajo el arco dorado.
No chillé, pero todos los espíritus demoníacos que cabalgan el viento gritaron por mí en el preciso instante en que brotó en mi interior un sencillo y fugaz recuerdo capaz de aniquilar el alma. En ese segundo recordé cuanto fui; recordé antes del espantoso castillo y los árboles, y reconocí el alterado edificio en el que me hallaba; y, más terrible que todo lo demás, reconocí a la infeliz abominación que me miraba mientras yo apartaba mis dedos mancillados de los suyos.
            Pero en el cosmos hay tanto bálsamo como amargura, y ese bálsamo es la nepenta*. En el supremo horror de ese segundo olvidé cuanto me espantaba, y el estallido de negra memoria se desvaneció en un caos de imágenes retumbantes. Como en sue­ños huí de ese sitio fantasmal y maldito, corriendo rápida y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando regresé al campo­santo de mármol y descendí los peldaños, encontré inamovible la trampilla de piedra, pero no me pesó, porque odiaba el anti­guo castillo y los árboles. Ahora frecuento a los burlones y ami­gables demonios del viento nocturno, y juego durante el día entre las catacumbas de Nephren-Ka, en el prohibido e ignoto valle de Hadoth, en el Nilo. Sé que la luz no es para mí, excepto la de la luna sobre las pétreas tumbas de Neb; ni tampoco otras alegrías que las de los indescriptibles festejos de Nitokris bajo la Gran Pirámide, aunque en medio de mi nuevo salvajismo y libertad casi daría la bienvenida a la amargura de la soledad.
            Pero aunque la nepenta me haya calmado, tengo siempre presente que soy un intruso; forastero en este siglo y entre quie­nes aún son hombres. Es algo que sé desde que tendí mis dedos hacia la abominación que aguardaba en el interior del gran marco dorado; tendí mis dedos y toqué una fría y tersa superficie de cristal pulido.


* Droga que, según los antiguos, borraba todos los recuerdos en los que la consumían.


La fábula y el cuento popular


Domingo de Azcuénaga (1758-1821)
Fuente: Juan de la C. Puig en Antología de poetas argentinos . Tomo I - La colonia, Buenos Aires, Martín Biedma e hijo Editores, 1910.

Fábula tercera
El águila, el león y el cordero
Un águila real,
Con rápido vuelo
Se subió a la cima
De un áspero cerro,
Al pie de la cumbre,
En un prado ameno,
Un feroz león
Estaba durmiendo.
La águila de lo alto
Quiso conocerlo,
Y hacia el prado airosa
Se dirigió luego.
El León al ruido
Despertó soberbio,
Y alzando al instante
Su dorado cuello,
Erguió su melena
Con gala y denuedo,
Y de rey vestido
Se mostró al momento.
Revolvió la cara
Con aire y despejo,
Y, con la cabeza,
Le hizo acatamiento.
Acercóse aquélla
Con pasos severos,
Y entablaron ambos
Su razonamiento.
Este se redujo
A hacer menosprecio
De los brutos y aves
Con denuestos feos,
Diciendo, que estaban
En el universo,
Las especies de ambos,
Bajo sus imperios,
Vanidad fundando
En sus nacimientos.
Pero un corderito,
Que había estado oyendo
Toda la parola,
Sin ser visto de ellos
(Allá para sí),
Prorrumpió diciendo:
No hay duda en que sois
Por vuestros abuelos
De aves, y de brutos
Monarcas excelsos,
Pero, si tenéis
Tan perversos hechos,
Que el hurto y rapiña
Es vuestro elemento,
La grandeza vuestra,
Ni en chanzas la quiero,
Pues soy de dictamen
Por lo que penetro,
Que el lustre, y realce
De más alto precio
Es, el que uno adquiere
Por sí, siendo bueno.
En la fabulita
Nos dice el cordero:
Que jamás hagamos
Gala con exceso
Del blasón y gloria
Que heredado habemos
De nuestros mayores,
Y que procuremos,
Con nuestra conducta
Y procedimientos,
Adquirirla nueva
Por nosotros mismos.

(Telégrafo Mercantil: T. 2 N° 18; Domingo 4 de octubre de 1801.)



“La zorra y la careta vacía”, Esopo

Entró un día una zorra en la casa de un actor, y después de revisar sus utensilios, encontró entre muchas otras cosas una máscara artísticamente trabajada. La tomó entre sus patas, la observó y se dijo: «¡Hermosa cabeza! Pero qué lástima que no tiene sesos».


No te llenes de apariencias vacías. Llénate mejor siempre de buen juicio.




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“El niño prodigioso”, Alekandr Nikoalevich Afanasiev



Érase un acreditado comerciante que vivía con su mujer y poseía grandes riquezas. Sin embargo, el matrimonio no era feliz porque no tenía hijos, cosa que deseaban ambos ardientemente, y para ello pedían a Dios todos los días que les concediese la gracia de tener un niño que los hiciese muy dichosos, los sostuviera en la vejez y heredase sus bienes y rezase por sus almas después de muertos.  Para agradar a Dios ayudaban a los pobres y desvalidos dándoles limosnas, comida y albergue; además de esto, idearon construir un gran puente a través de una laguna pantanosa próxima al pueblo, para que todas las gentes pudiesen servirse de él y evitarles tener que dar un gran rodeo. El puente costaba mucho dinero; pero a pesar de ello el comerciante llevó a cabo su proyecto y lo concluyó, en su afán de hacer bien a sus semejantes.  Una vez el puente terminado, dijo a su mayordomo Fedor:
-Ve a sentarte debajo del puente, y escucha bien lo que la gente dice de mí.
Fedor se fue, se sentó debajo del puente y se puso a escuchar. Pasaban por el puente tres virtuosos ancianos hablando entre sí, y decían:
-¿Con qué recompensaríamos al hombre que ha mandado construir este puente? Le daremos un hijo que tenga la virtud de que todo lo que diga se cumpla y todo lo que le pida a Dios le sea concedido.
El mayordomo, después de haber oído estas palabras, volvió a casa.
-¿Qué dice la gente, Fedor? -le preguntó el comerciante.
-Dicen cosas muy diversas: según unos, haz hecho una obra de caridad construyendo el puente, y según otros, lo has hecho sólo por vanagloria.
Aquel mismo año la mujer del comerciante dio a luz un hijo, al que bautizaron y pusieron en la cuna. El mayordomo, envidioso de la felicidad ajena y deseoso del mal de su amo, a media noche, cuando todos los de la casa dormían profundamente, cogió un pichón, lo mató, manchó con la sangre la cama, los brazos y la cara de la madre, y robó al niño, dándolo a criar a una mujer de un pueblo lejano.  Por la mañana los padres se despertaron y notaron que su hijo había desaparecido; por más que lo buscaron por todas partes no pudieron encontrarlo. Entonces el astuto mayordomo señaló a la madre como culpable de la desaparición.
-¡Se lo ha comido su misma madre! -dijo-. Mira, todavía tiene los brazos y los labios manchados de sangre.
Encolerizado el comerciante, hizo encarcelar a su mujer sin hacer caso de sus protestas de inocencia.  Así transcurrieron algunos años, y entretanto el niño creció y empezó a correr y a hablar. Fedor se despidió del comerciante, se estableció en un pueblo a la orilla del mar y se llevó al niño a su casa.  Aprovechándose del don divino del niño, le mandaba realizar todos sus caprichos diciéndole:
-Di que quieres esto y lo otro y lo de más allá.
Y apenas el niño pronunciaba su deseo, éste se realizaba al instante.
Al fin un día le dijo:
-Mira, niño, pide a Dios que aparezca aquí un nuevo reino, que desde esta casa hasta el palacio del zar se forme sobre el mar un puente todo de cristal de roca y que la hija del zar se case conmigo.  El niño pidió a Dios lo que Fedor le decía, y en seguida, de una orilla a otra del mar, se extendió un maravilloso puente, todo él de cristal de roca, y apareció una espléndida población con suntuosos palacios de mármol, innumerables iglesias y altos castillos para el zar y su familia.  Al día siguiente, al despertarse el zar, miró por la ventana, y viendo el puente de cristal, preguntó:
-¿Quién ha construido tal maravilla?
Los cortesanos se enteraron y anunciaron al zar que había sido Fedor.
-Si Fedor es tan hábil -dijo el zar-, le daré por esposa a mi hija.
Con gran rapidez se hicieron todos los preparativos para la boda y casaron a Fedor con la hermosa hija del zar. Una vez instalado Fedor en el palacio del zar, empezó a maltratar al niño; lo hizo criado suyo, lo reñía y pegaba a cada paso, y muchas veces lo dejaba sin comer.  Una noche hablaba Fedor con su mujer, que estaba ya acostada, y el niño, escondido en un rincón oscuro, lloraba silenciosamente con desconsuelo; la hija del zar preguntó a Fedor cuál era la causa de su don maravilloso.
-Si antes sólo eras un pobre mayordomo, ¿cómo conseguiste tantas riquezas? ¿Cómo pudiste en una noche hacer el puente de cristal?
-Todas mis riquezas y mi poder mágico -contestó Fedor- las he obtenido de ese niño que habrás visto siempre conmigo, y que le robé a su padre, mi antiguo amo.
-Cuéntame cómo -dijo la hija del zar.
-Estaba yo de mayordomo en casa de un rico comerciante al que Dios había prometido que tendría un hijo dotado de tal virtud que todo lo que dijera se realizaría y todo lo que pidiese a Dios le sería dado. Por eso, apenas nació el niño yo lo robé, y para que no se sospechase de mí acusé a la madre diciendo a todos que se había comido a su propio hijo.
El niño, después de haber oído estas palabras, salió de su escondite y dijo a Fedor:
-¡Bribón! ¡Por mi súplica y por voluntad de Dios, transfórmate en perro!
Y apenas pronunció estas palabras, Fedor se transformó en perro. El niño, atándole al cuello una cadena de hierro, se fue con él a casa de su padre. Una vez allí dijo al comerciante:
-¿Quieres hacerme el favor de darme unas ascuas?
-¿Para qué las necesitas?
-Porque tengo que dar de comer al perro.
-¿Qué dices, niño? -le contestó el comerciante-. ¿Dónde has visto tú que los perros se alimenten con brasas?
-¿Y dónde has visto tú que una madre se pueda comer a su hijo? Has de saber que soy tu hijo y que este perro es tu infame mayordomo Fedor, que me robó de tu casa y acusó falsamente a mi madre.
El comerciante quiso conocer todos los detalles, y ya seguro de la inocencia de su mujer, hizo que la pusieran en libertad. Luego se fueron todos a vivir al nuevo reino que había aparecido en la orilla del mar por el deseo del niño.  La hija del zar volvió a vivir en el palacio de su padre y Fedor se quedó en miserable perro hasta su muerte.

martes, 27 de marzo de 2012

¿VIDA ANTES DE LA VIDA?

Una nota con Edelmi Griva

 
“Decidí investigar la técnica de regresión y pude ampliar el conocimiento de la personalidad no sólo hasta el área de la memoria prenatal, sino también la memoria precorporal e, inclusive, la memoria de vidas pasadas”

Fuente: Revista Nexo Profesional Publicación Interdisciplinaria en Salud Mental
Vol I, Nº 1, 1992, Bs. As. Argentina Pg. 6/8
Inst. Gubel Buenos Aires – Argentina +54 11 4785.4612
El Dr. Edelmi Griva es psicólogo, de los primeros graduados en Argentina, en la Universidad Nacional de Rosario, en 1963.

“En realidad, mi interés original era el estudio de la conducta animal, que terminó por derivarme a la Psicología”, explica. Su gestión al frente del Centro de Investigaciones de Fauna de la Universidad de Rosario –entre 1972 y 1976- da cuenta de esta pasión.
Pero su desarrollo profesional trasciende en mucho esta especialidad. Ejerció la terapia clínica con encuadre psicoanalítico durante varios años. “Pero pronto me di cuenta de que no soportaba el consultorio”. Entonces, decidió acepta la propuesta formulada por el Dr. Arturo Illia, quien lo convocó para hacerse cargo de la problemática indigenista del país. “Las culturas indígenas habían despertado mi interés ya muchos años atrás –en varias oportunidades pasé breves períodos en comunidades aborígenes del Chaco-. Al hacerme cargo de mi función, planteé la necesidad de realizar un relevamiento de la población autóctona del país y dirigí el primer Censo Indígena Nacional Argentino, que reveló, entre otras muchas cosas, la subsistencia de la comunidad Cainguá de Misiones, cuya extinción se había dado ligeramente por supuesta”.
En 1970 Griva se trasladó a México donde, becado por el Instituto Indigenista Interamericano, transitó una experiencia enriquecedora. “El reservorio de altas culturas indígenas de México es superior al de cualquier otro país de América, con excepción de Perú. Por cierto, las investigaciones sobre el tema están también notoriamente más avanzadas”, relata.
Con esta vasta trayectoria en clínica psicoanalítica y etnopsicología, en 1982 el Dr. Griva tomó contacto, por primera vez, con el método de las regresiones. Tras superar sus propias resistencias personales, profundizó concienzudamente en esta disciplina. Actualmente, siendo docente en la especialidad en la Universidad Autónoma de Baja California, admite con naturalidad y cierto sentido del humor la reticencia de muchos de sus colegas psicólogos frente al estudio de vidas pasadas.
- ¿En qué circunstancias incursiona en la investigación de la técnica de regresión?
- Mi primera experiencia en terapia regresiva o de vidas pasadas se produjo en Baja California. Había vuelto a ejercer, después de varios años, el psicoanálisis, como resultado de la insistencia de pacientes y colegas (entonces existía un completo vacío de representantes del psicoanálisis, como consecuencia de la predominancia del conductismo). En esta segunda etapa, corroboré lo que ya había observado, años atrás, con respecto a los resultados del tratamiento psicoanalítico: confirmé su efectividad, pero también la lentitud de este tipo de terapias en lo que hace a la resolución de los problemas puntuales que traen al paciente al consultorio. Por eso decidí iniciar la búsqueda de terapias alternativas.
- ¿Qué contradicciones surgieron, en este primer contacto con el método de las regresiones, entre su formación académica y la naturaleza mixta –científica y esotérica- de esta disciplina?
- El método de Vidas Pasadas con técnicas de estado alfa era un mundo nuevo para mí, sobre el que nada había leído en la facultad de Psicologia ni de Antropologia. Aceptarlo suponía atentar contra el paradigma en que se basaba la comunidad cientifica psicologica, y en el que se basaban mis propias convicciones: “no puede hacer conciencia sin desarrollo del cerebro. Es imprescindible el desarrollo cerebral para el posterior acceso a una memoria concreta”. Me fue muy dificultoso renunciar a esta certeza.
Durante el primer tratamiento abordado en forma conjunta con quien considero mi maestro metafísico, la paciente pudo recordar sucesos remotos de su vida que yo desconocía por completo, a pesar de que llevábamos un año y medio de terapia psicoanalítica. Incluso logró describir con lujo de detalles un accidente que sufrieron sus padres en la carretera, cuando ella tenía ocho meses de gestación. La madre de mi paciente confirmó la mayoría de los datos. Entonces, me quedaban dos opciones: negar lo sucedido explicándolo como una llamativa coincidencia, o aceptar que estaba frente a un camino por recorrer, que cuestionaba las bases mismas de mi propia vida. Decidí investigar la técnica de regresión, y pude ampliar el conocimiento de la personalidad, no sólo hasta el área de la memoria prenatal sino también la memoria precorporal e, inclusive, la memoria de vidas pasadas.
- ¿Cuál es el efecto terapéutico de la aplicación de esta técnica?
- El proceso terapéutico implica etapas. En la primera se enfocan los aspectos clínicos que motivaron la consulta. A través de técnicas de regresión, se procura rastrear en la memoria, que reconstruye episodios remotos y aún correspondientes a vidas anteriores, el origen de los problemas que se manifiestan en el presente. En ocasiones, se comprueba que una dolencia física localizada o una afección emocional responden, en realidad, a traumatismos, lesiones o conflictos sufridos en vida intrauterina o en vidas pasadas. Una vez circunscriptas las causas, se trata al paciente con diversas técnicas: simbolismo junguiano, bioenergética o neuro-lingüística, por ejemplo.
La segunda etapa apunta a visualizar las virtudes desarrolladas por el paciente en vidas anteriores. Se le recuerda al alma lo que ya aprendió, y se recuperan estas aptitudes para actualizarlas y ampliarlas.
El último paso se da en grupos de meditación, orientados en una temática metafísica. Cuando el paciente alcanza una imagen clara de su sentido y destino en la vida, y cuando ha logrado concretar la figura de su guía espiritual interno, ya no necesita al terapeuta. El tratamiento ha terminado.
- El proceso que describe tiene poco que ver con la terapia psicológica curricularmente aceptada. ¿Cómo convive con la psicología académica, desde su posición de terapeuta de vidas pasadas?
- Las comunidades científicas siempre terminan por transformarse en logias. Sus miembros firman tácitamente un pacto de lealtad que están obligados a cumplir. Quien tenga la audacia de enunciar una hipótesis que atente contra la unidad conceptual del grupo, quedará inexorablemente expulsado. El caso de Darwin ilustra claramente esto que afirmo. Su manuscrito de “El origen de las especies”, fechado en 1832, permaneció durante treinta años a la sombra. El vislumbraba las consecuencias de la publicación de este texto, que cuestionaba profundamente el paradigma creacionista en vigencia.
En nuestra especialidad, también se guarda secreto sobre muchos de los descubrimientos logrados. Los resultados de tratamientos e investigaciones se comentan sólo en círculos muy selectos.
- A nivel oficial, ¿se ha adelantado algún tipo de investigación sobre la materia?
- No hay ningún tipo de expedición explícita sobre esta disciplina. Por otra parte, estoy convencido de que no prosperaría ningún intento de estudio del tema a nivel oficial. Sin duda, el CONICET respondería burocráticamente con evasivas del tipo “no se dispone de fondos” si yo solicitara apoyo para el desarrollo de investigaciones en este campo. Y, seguramente, la propuesta jamás llegaría al ámbito de discusión del comité evaluador.
El método terapéutico de regresiónes a Vidas Pasadas sigue sumando y suscitando cuestionamientos científicos y filosóficos.
El Dr. Edelmi Griva ha dedicado, en los últimos 10 años, enormes esfuerzos de investigación a la disciplina. La cultiva con profunda convicción. “Mi certeza sobre su efectividad es absoluta. No me afectan los ataques contra mi especialidad. Los calificativos de `manosanta´, `curandero´ y `chanta´ ya se han vuelto familiares para mí”, afirma.

Fuente: Revista Nexo Profesional Publicación Interdisciplinaria en Salud Mental
Vol I, Nº 1, 1992, Bs. As. Argentina Pg. 6/8
Inst. Gubel Buenos Aires – Argentina +54 11 4785.4612

viernes, 16 de marzo de 2012

TSAHAYLU, el vínculo, encuentro...

El vínculo, es la relación y unión del hombre con la naturaleza, llamada en Onomaticaya,tsahaylu. Este vínculo nos habla que todo está unido por un entramado energético, mediante el cual, todos nos relacionamos con todos los seres integrantes de un ecosistema, primero local, segundo planetario y por último universal.

Gabriela Mistral


"El encuentro"

Le he encontrado en el sendero.
No turbó su ensueño el agua
ni se abrieron más las rosas;
abrió el asombro mi alma.
¡Y una pobre mujer tiene
su cara llena de lágrimas!

Llevaba un canto ligero
en la boca descuidada,
y al mirarme se le ha vuelto
grave el canto que entonaba.
Miré la senda, la hallé
extraña y como soñada.
¡Y en el alba de diamante
tuve mi cara con lágrimas!

Siguió su marcha cantando
y se llevó mis miradas...
Detrás de él no fueron más
azules y altas las salvias.
¡No importa! Quedó en el aire
estremecida mi alma.
¡Y aunque ninguno me ha herido
tengo la cara con lágrimas!

Esta noche no ha velado
como yo junto a la lámpara;
como él ignora, no punza
su pecho de nardo mi ansia;
pero tal vez por su sueño
pase un olor de retamas,
¡porque una pobre mujer
tiene su cara con lágrimas!

Iba sola y no temía;
con hambre y sed no lloraba;
desde que lo vi cruzar,
mi Dios me vistió de llagas.
Mi madre en su lecho reza
por mí su oración confiada.
Pero ¡yo tal vez por siempre
tendré mi cara con lágrimas!

martes, 6 de marzo de 2012

Labyrinth (Jim Henson, 1986)

Dentro del laberinto (1986), David Bowie, rey de los goblins.




martes, 28 de febrero de 2012

"Plebster y Orsi, del planeta Procyon". Roberto Fontanarrosa

Plebster estaba mirando por la ventanilla frontal de la nave el paso oscilante de los meteoritos. Como todos los dermolinfomas del planeta Procyon, el pequeño Plebster experimentaba una inusual melancolía a la vista de aquellos inmensos pedazos de roca que surcaban el espacio ya que le recordaban a Vendelinus, la segunda luna de Procyon, estallada tempranamente. Esa melancolía no llegaba a ser tristeza, pues la tristeza, en su planeta, era un líquido.
    Más allá, abstraído en la conducción de la nave, se hallaba Orsi, su compañero de vuelo. Orsi era extrañamente inquieto para ser un nativo de Procyon y hallaba interés aún en las cosas más mundanas y rutinarias del espacio. Plebster, en cambio, acusaba ya el cansancio de la larga misión que les fuera asignada y su leve piel casi translúcida había comenzado a tomar el tinte ceniciento del hastío. No deseaba otra cosa que volver a la exultante atmósfera de Procyon y reunirse con Enif.
    -- Oye, Plebster --dijo Orsi, de pronto--. Hemos tenido que desviarnos bastante de la ruta.
    Plebster no le contestó. Empezaba a molestarle, incluso, el acento apagado de la voz de su compañero.
    -- Pero es que aún subsiste la lluvia de meteoros --explicó Orsi.
    -- Apenas termine, regresamos a nuestra elipse --bufó Plebster.
    -- No es eso. No es eso lo que quería decirte. Ocurre que nuestro desvío nos ha llevado al área de influencia de un planeta muerto, el viejo Maurolycus.
    Plebster volvió a resoplar y la expulsión del aire hizo que su cobertura dérmica se arrugara con leves crujidos. El imbécil de Orsi había encontrado un nuevo motivo de curiosidad para su espirítu simple. Tiempo atrás había perseguido durante seis días la cola de un cometa, subyugado por el destello cambiante de la luz solar sobre las partículas en suspenso.
    -- No sé si recuerdas --continuó Orsi-- que Maurolycus era un planeta habitado. Y que sus habitantes lo llamaban "Tierra". ¿Recuerdas?
    Plebster aprobó con la bamboleante cabeza experimentando el consabido hormiguero en su zona motriz. La memoria era una función fisiológica en los naturales de Procyon, que se incentivaba con la inmovilidad.
    -- Decía mi padre --continuó Orsi, entusiasmado-- que la atmósfera de la Tierra debió haber sido bastante similar a la nuestra. Y, por lo tanto, sus habitantes parecidos a nosotros.
    -- No sigas, Orsi. Ya sé adonde quieres llegar.
    -- Te explico, solamente.
    -- No, lo que tu quieres es bajar en ese puto planeta.
    Orsi se mantuvo uno instantes en silencio. Le molestaba grandemente cuando Plebster hacía uso de malas palabras. Plebster lo sabía y abundaba en ellas cuando deseaba incomodar a Orsi.
    -- Te explico, solamente --repitió.
    -- Te conozco, Orsi. Se te ha metido esa insana idea en tu centro de reflexiones y no habrá poder en el universo que te la quite.
    Orsi no contestó, pero, como corroborando lo dicho antes por Plebster, buscó algo frenéticamente en la consola de informes. Tomó entonces uno de los compendios de conocimiento y lo introdujo en la memoria de la pantalla.
    Pronto, una sucesión de caracteres pobló el recuadro luminoso.
    -- Mira, Plebster --anunció--. Algo raro ocurrió, luego, en ese planeta. Combatieron entre ellos mismos. Se elevó una enorme nube de polvo que lo cubrió todo y ya fue imposible observarlo desde afuera...
    -- Se cansaron, Orsi. Se cansaron de que los espiáramos --gruñó Plebster.
    -- No. Nada de eso. Fue una guerra total. No quedó nada vivo...
    -- Se cansaron de que criaturas como tú se la pasaran espiando qué era lo que ellos hacían o dejaban de hacer...
    -- Dos sensores que enviamos hace mucho tiempo no detectaron ni actividad humana ni vegetación. Solo desiertos arrasados y secos.
    -- Se hartaron de tipos como tú y su puta curiosidad.
    Otra vez aquella fea palabra, absolutamente prohibida en el ámbito de Procyon, pero tolerada en el espacio abierto, en las naves expedicionarias, en los navegantes. Orsi procuró dominarse.
    -- Pero... mira lo que dice acá... --señaló la pantalla--. Hay versiones que sostienen que pueden haber quedado terráqueos vivos en refugios subterráneos, blindados, preparados para soportar una guerra nuclear... ¿No sería eso maravilloso?
    -- Oh, Orsi --gruñó Plebster--. No jodas.
    -- ¡Vamos allí a comprobarlo, Plebster!
    Plebster lo miró largamente. Sabía que era totalmente inútil luchar. Orsi no poseía la clásica indolencia de los dermolinfomas y toda iniciativa se enraizaba en él como una planta trepadora.
    -- Oye Orsi. Quiero volver a casa.
    -- Y volveremos, Plebster, ¿quién dice que no? --Orsi ya habia tomado aquella plañidera petición de su compañero como una afirmativa y manipulaba ahora los mandos con velocidad y precisión--. Será sólo una visita. ¿No tienes interés por conocer la Tierra?
    Plebster volvió a observar, silencioso, el paso raudo de los meteoritos. Sus mayores, mucho tiempo atrás, cuando aún existía Vendelinus, le habían hablado de aquel planeta cubierto de agua. Meme Plebster Jacobi, incluso, le había descripto un terráqueo con el que había mantenido relación, al comienzo de los tiempos, en una luna de Mercurio.
    -- Dicen que los terráqueos no serían demansiado diferentes a nosotros --exclamó Orsi, excitado, como si le estuviese leyendo el pensamiento.
    -- No tengo ningún interés en encontrarme con seres parecidos a tí.
    -- Será rápido, Plebster. Si no los hallamos enseguida, subimos de nuevo a la nave y regresamos a casa.
    -- Me tienes harto, Orsi.
    -- Ya verás. Mira... comienza a cambiar el entorno.
    Plebster lo había percibido. El espacio, por los visores de la nave, se observaba más azul y mórbido y casi habían desaparecido los meteoritos.
"De mí se dirá posiblemente que soy un escritor cómico, a lo sumo. Y será cierto. No me interesa demasiado la definición que se haga de mí. No aspiro al Nobel de Literatura. Yo me doy por muy bien pagado cuando alguien se me acerca y me dice: me cagué de risa con tu libro"
Roberto Fontanarrosa 
    Las redondeadas extremidades inferiores, aptas para insertarse en la poceada superficie de Procyon no eran, sin embargo, las ideales para desplazarse sobre la corteza terrestre. Con la torpeza propia de los forasteros, Orsi y Plebster se movían en aquel terreno, explorando las adyacencias de la nave. Todo era desolación. En la bruñida transparencia de sus escafandras rebotaban apenas los débiles rayos del sol que acertaban a pasar entre las densas nubes de polvo. Cada tanto, ráfagas de viento levantaban toneladas de cenizas, pedregullos y residuos metálicos que castigaban a los dos investigadores espaciales. El paisaje era gris y achatado.
    -- Buena idea la tuya --dijo Plebster, dejando de caminar. Orsi no contestó. Se hab´ía parado sobre uno de los tantos montículos de rocas y giraba su cabezota con expresión de desencanto.
    -- Busquemos un poco más --dijo al fin--. Es lógico que si estaban refugiados bajo tierra no podríamos verlos a simple vista.
    -- Nos llevaría una eternidad hallarlos. Por otra parte, no olvides que el compendio de conocimientos decía que también solían detectarse explosiones nucleares subterráneas...
    -- Algunas de sus tribus estaban muy preparadas para subsistir, Plebster. Habían esperado esa guerra por siglos. Tenían de todo allí abajo.
    Plebster empezó a caminar hacia la nave. El peso de su ropaje aislante comenzaba a fatigarlo.
    -- Han pasado ya cientos de años de aquella guerra --gritó, sin darse vuelta--. Por mejor preparados que estuvieran, ya hubiesen muerto de hambre o por las enfermedades. No jodas, Orsi.
    -- Espera. Espera un poco, Plebster --Orsi depositó todo el peso de su cuerpo sobre una suerte de viga que asomaba del suelo--. Me fatigo. Esto no es Procyon.
    -- Te fatigas, ¿eh? ¿No se te ocurre alguna otra buena idea como ésta? Con la de Petavium ya son dos.
    En el segmento más abierto de la elipse programada, Orsi había insinuado descender en la estrella Petavium, argumentando que allí había mica. Pero la pulposa Pentavium estaba podrida. Atravesado el interior de su masa por infinito canales que conducían jugos minerales, el desmedido calor del sol la había hecho entrar en putrefacción y el olor que despedía la macilenta estrella era insoportable. Una semana tuvo que estar luego Plebster, aspirando aroma de cristales de sal para restablecer el funcionamento de sus papilas.
    -- Ya voy, Plebster. Aguarda un poco --pidió Orsi. Plebster giró y regresó a ayudar a su compañero.
    -- Vamos --dijo, sosteniéndolo por debajo del primer par de extremidades superiores. De pronto Plebster advirtió que el cuerpo de Orsi se envaraba. -- ¿Qué pasa? --preguntó.
    Los dos sensores ópticos de Orsi se habían fruncido, atentos, y meneaba espasmódicamente la cabeza, como buscando.
    -- ¿Qué pasa? --se alarmó Plebster, girando a su vez la suya. Habían dejado las armas en la nave y tanto la valentía como la cobardía eran condiciones desconocidas en Procyon. Es más, la audacia consistía en una fruta pequeña, agridulce, que brotaba en la estación del fostato.
    -- ¿Oyes eso? --preguntó Orsi.
    -- ¿Qué?
    -- Escucha bien.
    Orsi tenía razon. En el aire se diluía una especie de música, una melodía que llegaba y se marchaba con la brisa.
    -- ¡Música! --se exaltó Orsi--. ơEs música!
    -- Es solo el viento, Orsi.
    -- ¡Es música! --Orsi se desembarazó de las extremidades superiores de Plebster y giró sobre sí mismo varias veces, como una antena, deslumbrado por la recepción de aquel idioma universal. Ahora la melodía llegaba más nítida, con cadencias extrañas y desconocidas para la percepción de los dos expedicionarios.
    -- ¿De dónde viene? --se sumó Plebster a la inquietud.
    -- No sé si es una música fuerte que nos llega desde lejos... o es una música muy débil que se origina muy cerca de nosotros --dudó Orsi, lo que preocupó a Plebster, ya que la duda antecedía a la constipación bronquial en los dermolinfomas.
    -- ¿Cerca de nosotros? --dijo Plebster, abarcando con sus organos ópticos los alrededores inmediatos.
    -- ¡Aquí! ơAquí! --dijeron los dos, casi al unísono, aferrando un oxidado tubo metálico que sobresalía entre un montículo de escombros--. ¡La música viene por este tubo!
    Orsi apretó la escafandra sobre la boca del tubo, procurando escuchar mejor. En tanto, Plebster, se había sentido inopinadamente melancólico, como algunas veces en que escuchaba historias relatadas por Meme Plebster Jacobi. Pero Orsi no le dio tiempo para bucear en sus sentimientos.
    -- ¡Cavemos! ơCavemos por acá, Plebster! --gritó, escarbando con su bastón de titanio entre los escombros--. ¡Esta música nos llega desde abajo! ¡De alguno de esos refugios que mencioné antes, Plebster!
    Plebster olvidó por un momento su indolencia, su desinterés, y sus ganas de volver a casa, y con un trozo de chapa ennegrecida comenzó tambien a apartar rocas y cascotes. Poco después, y ante la febril atención de ambos investigadores, una superficie de madera se hizo visible ante ellos. Continuaron removiendo con más ahínco y apareció entonces una puerta, de doble hoja, prácticamente horizontal, que cubría una boca de acceso. Plebster y Orsi se miraron. La puerta mostraba una superficie descascarada, aún con restos de pintura y por las junturas de su madera llegaba, ahora sí, claramente, la cadencia de la extraña música.
    -- ¿Vamos por las armas? --vaciló Orsi. Plebster encogió el ensamblamiento de sus extremidades superiores, las prensiles.
    -- ¿Te parece?
    -- Yo digo...
    -- No creo --dijo Plebster, decidido, y se lanzó sobre la puerta, la que abrió de un tirón. Una bocanada melódica los envolvió y, luego, también una serie de sonidos breves, como módicos estallidos, desacompasados. Después, el silencio. Plebster y Orsi se miraron. Tal vez habían sido descubiertos y ahora, al fondo de ese túnel oscuro y profundo que se habría ante ellos, los aguardaba el temor agresivo de los nativos. Con infinita cautela, Orsi adelantó uno de sus miembros locomotores y lo depositó sobre el primer peldaño de la escalera descendente. De pronto volvió la musica, y esto tranquilizó a ambos dermolinfomas, que cerraron la puerta detrás de ellos, sin hacer ruido. Por un momento quedaron sumidos en un una oscuridad absoluta, pero pronto advirtieron que, muy abajo y al fondo se veía una luz. Una luz rojiza. Ganados por la ansiedad, Plebster y Orsi continuaron el descenso. Un par de veces se detuvieron ante el eco de aquellos extraños sonidos inarmónicos, cortos golpes de superficies ahuecadas, que les llegaban desde el fondo. Por último se detuvieron ante una abertura cubierta por un cortinado de tela que, al tacto de Orsi, se reveló como levemente afelpado y de cierto peso. Ya se escuchaba, con más nitidez, una voz humana metálica y altisonante. Orsi corrió la cortina y ambos visitantes se hallaron ante un recinto poco iluminado. Una veintena de seres humanos se encontraban diseminados en pequeñas mesas redondas, distribuidas en torno de una tarima de madera. Los humanos eran, al menos, de dos sexos diferentes, calculó Plebster. Bebían extraños tragos, hablaban poco entre ellos y no parecían demasiado jóvenes. Sobre la tarima, un terráqueo con la cabeza cubierta por un cabello oscuro y engrasado, de pie frente a un adminículo de metal que ampliaba el sonido de su voz, los observó de una ojeada. También hicieron lo propio otros nativos de los que estaban sentados.
    -- ¡Y sigue llegando gente a nuestra Peña Tanguera "El Sótano del Dos por Cuatro", mis queridos amigos! --anunció el terráqueo del cabello lustroso--. ¡Y es porque vienen a escuchar a Angelito Delfino, "El Ruiseñor de Floresta", que ahora nos va a regalar, de Esteban Celedonio Flores y Ciriaco Ortiz, "Atenti Pebeta"!
    Los humanos de las mesas golpetearon unas contra otras sus extremidades superiores y allí supo Orsi que, de esa actitud impensada, provenían los breves estallidos que habían oido en la escalera.
    -- ¡Y esta canción, señores --continuó el anunciador-- es para los nuevos amigos de la noche de Buenos Aires...! --y luego, dirigiéndose a Plebster y Orsi, preguntó-- ¿De dónde son, muchachos?
    -- De Procyon --gritó Orsi, complacido.
    -- ¡Para los amigos de Procyon, entonces... Angelito Delfino, "El Ruiseñor de Floresta" y "Atenti Pebeta", de Flores y Ciriaco Ortiz!
    Hubo nuevos aplausos. Dichos gestos eran, al parecer, de aprobación, ya que un humano rechoncho y bajito que acababa de subir a la tarima, agradecía con leves reverencias y sonrisas. El humano que había hecho la presentación en la tarima caminó entre las mesas, con aire cansado, hasta Plebster y Orsi. Estos, para no sentirse demasiado ajenos al ambiente, se habían depositado sobre sendas sillas, en una mesa vacía. Dos terráqueos, con la misma expresión desmayada y ausente que los demás, comenzaron a extraer de sus instrumentos una música arrastrada y sinuosa. El humano regordete y oscuro de arriba de la tarima comenzó con lo suyo.
    -- "Cuando estés en la vereda y te fiche un bacanazo, vos hacete la chitrula y no te le deschavés, que no manye que estás lista al primer tiro de lazo y que por un par de lompas bien planchados, te perdés..."
    El terráqueo que oficiaba de anunciador llegó hasta la mesa de Plebster y Orsi. Se inclinó hacia ellos y los observó por un instante. Plebster detectó, con la particular sensibilidad que los dermolinfomas tienen para los matices, que el cabello del humano, en la parte superior de la cabeza, mostraba una coloración diferente de la que lucía sobre los costados. Se veía más rojizo y rebelde que el resto. Aquella misma anomalía había detectado también en varios de los presentes, pese a la luz escasa y al humo que invadía el local.
    -- ¿Qué van a tomar, muchachos? --preguntó el anfitrión.
    -- Ehhh... --vaciló Orsi--. Antes queríamos hacerle una pregunta.
    -- No se preocupen --desestimó el anunciador. Y bajando la voz, agregó-- No se preocupen por el precio. La casa invita.
    -- No, no --dijo Orsi--. Queríamos preguntarle otra cosa... ¿Cómo hicieron para sobrevivir?
    El humano enarcó las cejas y se tomó un instante para contestar.
    -- "Cuando vengas para el centro" --seguía el cantor-- "caminá junando el suelo, arrastrando los fanguyos y arrimada a la pared".
    -- ¿Cómo hicimos para sobrevivir? --repitió, teatral, el anunciador--. Bajando los precios, hermano. Cuidando la clientela y ofreciendo calidad. No hay otra. De lo contrario, hubiéramos tenido que cerrar...
    -- Pero... digo yo... --vaciló Orsi--. ¿Cómo pudieron sobrellevar la gran tragedia?
    El anunciador había apoyado las dos manos sobre la mesa y sus ojos se cubrieron con una pátina húmeda.
    -- Fue tremendo... Tremendo... Lo de Medellín fue tremendo... Pero hay que seguir adelante, hermano. No queda otra. Por el zorzal mismo. Yo sé que Carlitos no hubiese querido que aflojáramos...
    Plebster miró al hombre y vió que una milimétrica esfera de líquido se desprendía de uno de sus ojos. Recordó que en Procyon, la tristeza era un líquido. Y el recuerdo de su planeta, y la música aquella que escapaba de un extraño instrumento que parecía respirar, lo hizo sentirse invadido por una pegajosa nostalgia.
    -- ¿Vamos Orsi? --preguntó.
    -- Espera. Espera a que termine esto --dijo Orsi mostrando una copa translúcida llena de un líquido rojizo que le había traido el anunciador. Se quedaron un poco más y cuando terminaron de beber se levantaron y se marcharon hacia la puerta. Con un bamboleo de sus cabezas se despidieron del anunciador, que estaba sentado a otra mesa, cerca de la tarima. El anunciador levantó una mano y deletreó en el aire "Chau, querido. Vuelvan cuando quieran". Plebster y Orsi salieron a la superficie y se encaminaron hacia la nave. Por un rato los siguió la música y la voz del cantor bajo y regordete.
    -- "Tomá leche con vainilla y chocolate con churro, aunque estés en el momento propiamente del vermut..."